Me detuve sobre la acera que coincidía con la salida de la gente hacia la calle, y allí esperé. Fue difícil, siempre se me ha hecho complicada la espera sin tener un quehacer o una razón aparente.
Encendí un cigarrillo para calmar los nervios, pero en seguida pensé "esto es humillante" al ver que mi mano no temblaba, más bien convulsionaba y deseaba salir corriendo de allí.
El individuo salió del establecimiento y yo sentí una salinidad en todo mi cuerpo. Decidí que no quería irme. Decidí que no quería dejar de verlo. Decidí que caminaría detrás de él y rápidamente encontraría una excusa propicia para iniciar con una historia.
Curioso, nunca había experimentado una obsesión por ningún ser humano. Pero en aquél momento, más por deseos de no perder mi impulso, de no ser un maldito cobarde, me encontraba siguiéndolo como siguen los amores a las carencias y las infidelidades.
Y si tomaba el mismo autobús que él. ¿Qué haría luego? ¿Lo seguiría toda la tarde y toda la noche sin tomar la decisión de hacer caso a mi impulso físico?
Qué más da, pensé. Lo seguiría hasta que sintiera que era el momento justo, y prometí que si llegaba no lo dejaría pasar.
Entonces me subí al bus.
Me senté a su lado, me puse los audífonos.
Este es un asunto risible, fingir que se oye una buena pieza, fingir que se lee un libro. Trataba de no imaginar mi imagen desde fuera, odiaba reconocer que mis manos sudaban o mi cuerpo actuaba por sí solo.
Quisiera estar en otra parte, me dije.
Quisiera estar en un lago y poder hablar con los patos.
Él volteó la mirada como si hubiera entendido mi deseo y mi cuerpo cansado.
Ya estaba, me hablaba a mí misma y le hablaba a él.
Fue una mirada extensiva.
Sentía que él quería decir algo.
Pero no dijo nada, respiró fuerte y sentí que disfrutaba ése sonido.
Ahora él miraba hacia la ventana, y yo quise cerrar mis ojos para imaginar que estaba en un lago sentada junto a él.
Pasaba saliva. Sentía que cada una de las papilas gustativas me pedían un poco de su lengua, y él la sacó para remojarse los labios.
Lo miré detalladamente, y él me miró también.
Había decidido mirarlo y ahora, por más que trataba, no podía dejar de hacerlo.
Así que al verme desde fuera descubrí que mis ojos no mostraban más que la imagen de un sutil enfermo.
Y me gustó, al menos asustarlo, si lo lograba, me habría gustado.
"¿Qué parada es esta?", le pregunté, sintiendo como el azúcar del cuerpo se me bajaba hasta los pies.
Y me detuve.
-Lo siento, extraño. Este suceso es demasiado salino para mi gusto. Usted, a pesar de no haberme dicho nada, ha hecho que desee viajar, tomar el sol, buscar un río para bañar mi cuerpo y bañarme de usted. A pesar de que no ha dicho nada voy a querer olvidarlo siempre, y precisamente por eso no podré hacerlo nunca.-
Cómo odio los rodeos y las excusas.
Discúlpeme, le dije.
Y bajé del autobús.
Afuera hacía sol, hacía gente, hacía libros en venta.
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