Estoy lejos de casa y sé que esta vez no va a suceder. Nuevamente vuelven a mis manos las palabras, como tanto lo añoré. No tendría que haberme ido para lograrlo, tal vez, pero el suceso provoca a las letras que mueren de ganas por transcribirse.
No es imposible que se dé el deseo, una mujer que hace su aparición previamente no puede imposibilitar aquello, sin embargo lo difícil es que se dé el amor. ¿Qué será el amor en este caso? Está lloviendo y hoy no voy a leer un libro.
Un cigarrillo tras otro, una caricia tras otra, y aquí me encuentro entre lunas borrascosas. Bolaño estaba bien, “sólo la fiebre y la poesía provocan visiones”. Jugamos y tememos; yo porque estoy lejos de casa, él porque confunde lo que siente con aquello que realmente quiere.
Con una excusa tonta, referente al sueño, los cuerpos se dilatan y se acercan a un mismo tiempo. Estamos cada vez más cerca y la tensión crece, pero queremos guiarla hasta su propia destrucción. Las manos juegan y ése juego es dulce, son ellas distanciadas de los cuerpos y la mente. Nos rozamos los cuerpos, los rostros se invierten y pronto ese péndulo se confunde hasta crear un único rostro, sentimos o reconocemos las palpitaciones del otro y de sí mismo hasta no estar seguros de saber cuál corresponde a cada quien. Pero yo quiero más tensión, y no me basta con un solo rostro, con un solo cuerpo, y busco una única respiración. Ambos vociferamos de modo abstracto el estar dormidos, pero juntos hablamos con nuestro aire. Jugamos a inhalar a un mismo tiempo, a exhalar y sentir el aire caliente en nuestros labios que hace tiempo quieren encontrarse pero no se atreven. De pronto el juego varía, y puedo saborear su aliento y su alma al respirar cada partícula de él. Ahora lo sé (o tal vez creo entenderlo), nos besamos sin necesidad de voces y sonidos, sin traicionar al silencio que hace tiempo nos acompaña. Vamos de un lado a otro y nuestros dedos hace montón que se quedaron dormidos. La tensión está al borde del quiebre. Decido aprobar el mandato de la mente que me indica girar el rostro, al menos, hasta que mi cuerpo rechace la oferta totalmente.
Es la primera noche y yo deseo tomar el papel para contárselo todo, pero me digo: espera a que el momento culmine.
Bolaño y los cigarrillos. Con eso tengo. Y con eso más me motivo.
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