Quiero que aparezcas de súbito, quiero cerrar los ojos indefinidamente hasta estar segura de que tu figura se encuentra frente a mí.
Quiero que me escribas, que dibujes y cocines para mí, que busques como un enfermo flores azules para poder juntarlas con mis miedos.
Quiero que susurres en mi oído, que me cuentes una y otra vez la historia del Enano Tremontino sólo porque tienes ganas de saber mi nombre nuevamente.
Quiero que me sueñes, que cierres los ojos porque ya no puedes soportar diecisiete minutos más sin mi voz o mis silencios.
Quiero que existas, al menos una noche más, para poder recordarte, para que mi cuerpo no olvide que alguna vez tu cuerpo estuvo junto al mío, para que yo no olvide que tu voz es mi favorita entre las pocas que conozco, para no olvidar olvidarte y olvidar el dolor de quererte.
Te quiero a ti, a tu estúpida ilusión de ser un sujeto senil, a tu sabor de albahaca en la boca, a tus palabras en mi espalda, a tu pared con mis dibujos, a tu cicatriz en el pecho, a tus muslos exquisitos que parecen de mujer.
Lo que más quiero es recordar que alguna vez estuviste para mí, respiraste junto a mí, suspiraste por mí, cantaste para mí y te dormiste después de hablarme a mí.
Quiero que me acompañes una madrugada porque deseo desvelarme.
Quiero que sea tu voz quien me despierte en las mañanas, o tal vez antes, incluso.
Quiero beberte un poquito más, quiero dejar de perderte, quiero extrañarte pero sólo porque ya he estado un montón de tiempo contigo.
Quiero rechazarte de entrada para después no querer irme de tu lado.
Quiero humedecer mi sexo con tu boca mordiéndome las manos, tus manos acariciándome las piernas, tus piernas levantándome lentamente.
Te quiero a ti, no al vacío que me quedó después.
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