domingo, 18 de septiembre de 2011

18


Dejamos de escribir. Hoy lo notamos después de una noche lúbrica pero lúgubre. Tal vez anhele hoy más que siempre estar en otra parte, disfrutar al fin de este cansancio, que con el tiempo se ha vuelto difícil de reconocer como mental o corporal, al lado de una voz. Me siento frente al ordenador y con las yemas de mis dedos acaricio unos labios que al parecer son los míos. Ahora siento (o tal vez imagino) la brisa fría sobre mi rostro, un estremecer extraño que se parece al frío; confuso, inescrutable, aquello que cuesta admitir y aceptar como nerviosismo o éxtasis.
Hoy en la mañana pensé en ti, en cómo habría sido este domingo acompañado de tu voz. Hoy en la mañana besé a mi gata sintiendo sus uñas en mi cuerpo e imaginaba el momento más lúbrico contigo. Cerré los ojos y nuevamente pude sentir tus manos acompañándome, saltando en la cama como dos niños chiquitos.

Pasaré cinco minutos cada noche junto a mi perro, me revolcaré en el pasto y le contaré qué tal estuvo mi día, le preguntaré por el suyo y qué tipo de sueños soñó mientras estaba despierto.

Miraré hacia la ventana justo antes de dormir, mi gata rozará su cuerpo con el mío y juntas suspiraremos mirando hacia arriba; siete segundos en silencio haciendo el amor con la luna.

Hoy a la noche te deseo, pero desear se ha convertido en algo repugnante y execrable. 




No hay comentarios:

Publicar un comentario