Llego a casa y aún tengo un poco de tiempo para disfrutar el atardecer.
Caliento agua en el microondas, puesto que no tengo ánimo suficiente para prender la estufa y esperar a que el agua hierva contenta; preparo un té de jazmín.
Salgo al que suponemos es el jardín (suponemos puesto que en mí jardín no existe una sola flor) y me siento a disfrutar un momento en silencio y soledad.
Ahora sé que sólo de ese modo el sabor del cigarrillo es exquisito.
Trato de no pensar en las palabras de aquella persona que, por su rango, se presume superior.
Pero éstas me quiebran el hueso, entran directo a la cabeza y logran que mi pulso se acelere.
Me prometo a mí mismo no perder mi eje, no caer en la humillación a la que horas antes fui públicamente invitado.
Termino con una satisfacción que pronto se convierte en una sensación pueril en el piso pélvico.
Entro de nuevo a casa y me desnudo, riego la ropa en el piso fantaseando con un atardecer pasional junto a otro ser (que por ahora es invisible e intangible).
Busco un espacio entre el cielo y el suelo, me entrego al placer de una ducha caliente en horas de la tarde.
Salgo y, con regocijo, tomo un cuento policíaco que me entretiene hasta entrada la madrugada e incluso hasta justo antes del amanecer.
El cigarrillo sabe mejor con acompañante.
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