Hoy sucede un cuerpo cansado, sudor en la espalda, manos nerviosas, sueño en autobús, violencia psicofísica.
Hoy sucede un andrógino cansado de soñar, de doblegarse, de esperar, de sentir como a tientas, como indagando a oscuras.
Hoy, más que siempre, sucede la melancolía de una imagen esperada y reproducida cientos de veces con los ojos cerrados. El momento dulce pero apacible, el momento en que el cuerpo permite coacción por parte de la mente.
Sentado frente a la pantalla se reconoce ese espejo que muestra la verdad: soy un ser patético y nefasto. Le escribo a los amores que no existen, a las paradojas creadas sólo por mi escaso intelecto amoroso, ridículo o enamorón.
Cómo detesto que mi boca roce otra boca más por obligación que por un deseo catatónico.
Cómo detesto que las palabras arruinen el silencio.
En momentos así, el cuerpo impetra asiduidad a otro cuerpo, a un cuerpo imaginado, a una sombra pronunciada por algún extraño.
¿Dónde estás hoy?
¿Por qué no pudimos desayunar juntos?
Con el sabor de nuestra boca, juntos, aún sin conocernos respondemos a esa pregunta: besamos conocidos porque tememos a la apoteosis, porque el tiempo nos ha seducido con su terrible soledad, porque nos buscamos donde nunca hemos estado y nunca estaremos, porque creemos que aún debemos prepararnos para este encuentro.
No está mal, yo podré soñar tu sombra cada noche.
Tú podrás inventar el sabor de mi saliva mientras acaricias tu propio cuerpo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario