lunes, 17 de octubre de 2011

¡No sabemos cómo encontrarte para poder dibujarte!

Anoche me fijaba, entre las veintiocho personas entre las que me encontraba yo (sujeto inmóvil), cómo el ojo parpadea y parpadea.
Y de tanto fijarme llegó a ser algo asqueroso ver cómo un miembro tiene necesidad de un elemento acuoso y cómo, a su vez, el cuerpo tiene ésa necesidad.
Así que parpadear es casi igual de importante que respirar, pensaba anoche (inmóvil).
Hoy he decidido cerrar los ojos.
Hoy no tengo necesidad acuosa.
Hoy quiero imaginar.
Así que hoy imaginar es mi parpadear y mi respirar.
Me siento en ese campo azul lleno de agua y me mojo los pantalones, veo cómo se inunda cada hebra.
No hay sujetos móviles.
Hay quietud con una brisa suave.
Me gusta ser inmóvil, pienso.
Me gusta dibujar rostros con las yemas de los dedos. Ese contacto físico es pueril y coqueto a la vez.
Mis dedos también saben imaginar.
Y ya están dibujando tu rostro, aún sin saberlo bien.
Se siente cálido el roce de los dedos hacia otro cuerpo.
Tú estás cálido.
Cálido y húmedo.
Y sé que sonríes.
Que también tienes los ojos cerrados.
Cómo me gusta tu sonrisa acompañada de la mía.
Pero ahora déjame olerte, está bien?
Me acerco poco a poco y se siente el calor...
Hueles a alfombra junto a la chimenea, a sonido crepitante, a cuento infantil.
Ahora te pruebo. Sabes a noche de lluvia dulce, a helado por la tarde, a canción mañanera.
No, no, sabes a rechazo engañoso, a mentira infantil.
No vas a madurar nunca, pienso. Aunque yo tampoco.
Y me gustas, me gustas con ese trato hostil. Yo sé que te mueres por bailar conmigo y dar brincos bajo la lluvia. Yo sé que te mueres por olvidar tu apariencia guapetona y venir hasta mí, para dar brincos en la cama unas veces, para dibujar sobre mi espalda otras veces. Para comer fresas con chocolate y mirarnos con picardía hasta escupir de una carcajada.
Para beber limonada con estos cuerpos tan cálidos.
No abras los ojos todavía, tampoco lo haré yo.
Tómame las manos.
Tal vez sea ésto a lo que los adultos llaman libertad, y precisamente porque son los adultos quienes la nombran, aún no quiero abrir los ojos.
No quiero abrir los ojos, y me sigo preguntando, por qué los adultos?
La vida les ha permitido sentir tanto.
Los jóvenes no hemos sentido mucho.
Ahora lo sé, mis dedos me hacen niño nuevamente. Tu viscosidad, tu olor a tierra mojada, y la maravillosa imagen de la niebla al amanecer.
Imaginarte será una necesidad máxima sobre parpadear, respirar o hacer chi-chí.




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